Pócimas y otros humos.

María abrió los ojos al llegarle el tufillo a puré de PATATA que inundaba su habitación, lo que en otras casas significaba un menú normal en la suya presagiaba día de mejunjes, pócimas y todo tipo de remedios extraños que su abuela le obligaba a mezclar a pesar de su sempiterna RESISTENCIA.

Se hizo la dormida, otras veces le había funcionado, pero de repente recordó que había quedado con Alberto para ir a nadar a la nueva PISCINA del pueblo, si quería mantener su AMISTAD debía darse prisa y salir a la calle para ponerle cualquier excusa para que no viera el espectáculo de esa anciana medio loca a la que adoraba, pero que en días como aquel ofrecía una visión casi terrorífica,con su RELIQUIA ancestral en mitad de la cocina y con el traje de hechicera lleno de quemaduras, todo el ambiente en UMBRÍA y plagado de humo pestilente.

Lo peor no era eso, lo peor era el ANHELO de su yaya porque ella fuera su sucesora, la elegida como ella solía decirle, pero ella ansiaba contarle que no deseaba pasar el OTOÑO recogiendo plantas secas ni el INVIERNO encerrada entre humos malolientes, ¡Como decirle lo que para ella sería una INFIDELIDAD de su querida nieta!

Salió por la puerta de atrás, sintiendo la brisa de la LIBERTAD y con la pequeña ESPERANZA de que no la oyera antes de avisar a Alberto de que hoy tenía que quedarse en casa, sólo contaba con unos pocos segundos, ya que aunque nadie creyera en el poder de la bruja… Ella sabía que era real, lo sentía correr por sus venas.

Por supuesto enseguida escucho un susurro justo a su espalda:

María, te estoy esperando.

Derramado por Zarem

 

El hielo de una ausencia.

Su mano aferraba el lápiz CALIBRE 22 con fuerza, sus trazos esta vez no eran tan seguros como solían serlo, pero necesitaba descargar la impotencia de los últimos días y como siempre dibujar le llevaba a un VIAJE fuera de la realidad.

Se trataba del último encargo sobre la saga del DINOSAURIO que no sabía hacer FUEGO, en realidad preferiría dibujar por libre, pero ya llevaba demasiado retraso por culpa de los últimos acontecimientos como para permitirse otra TREGUA en su trabajo.

Tal vez debería tener PACIENCIA y calma, pero las lágrimas caían sobre el dibujo, convirtiendo el amanecer que acababa de crear en CREPÚSCULO, como si una especie de SORTILEGIO se empeñara en transformar toda su luz en oscuridad.

El TESORO de su INTENSIDAD se convertía en basura y pena, era uno de esos momentos en los que desearía ser fría e inerte, un momento de esos en los que desearía no mirar al SUR pasional, ser norte y frío, poder tomarse la vida como una rutina, una sucesión de días sin emociones, un mero trámite sin esencia ni corazón.

El dinosaurio que no sabía fabricar fuego, que metáfora, que ironía.

Ella sabía fabricar, crear y dar fuego.

Pero el frío de una ausencia le llenaba de hielo.

Derramado por Zarem

 

 

El mar.

No sabía donde terminaba el CAMINO, nunca había salido del perímetro de seguridad, esa PARED que delimitaba lo conocido de aquello que sólo unos pocos desterrados habían podido ver, aunque nadie sabía que era, los exiliados nunca regresaban.

No, no era una desterrada, sólo era una vagabunda, acostumbrada a hacer AUTOSTOP en las cunetas de todas las carreteras de la GALAXIA, las de tierra y las de aire.

Nada le ataba a lo establecido, estaba ya en el último planeta de lo permitido y en un momento dado pensó que daba lo mismo, que bien podría buscar esa felicidad que siempre le fue negada en lo prohibido, total ni con ESPÁTULA le quitaba nadie ya la falta de fe en los demás, demasiado DAÑO acumulado.

El último golpe fue duro, todo por arriesgarse a ayudar a un pobre diablo como ella, sin casa ni comida, tenían prohibido ayudarse entre ellos, enseñarse a leer o regalarse cualquier cosa, ella infringió dos leyes a la vez, regalándole un libro a aquel niño rubio, enseñarle las letras y lo que es más grave aún, era un libro APÓCRIFO.

La llevaron a la plaza del sexto planeta, para más IGNOMINIA le hicieron quitarse la capa que tapaba su andrajosa vestimenta y la tuvieron como castigo tres días y tres noches bajo las inclemencias de ese duro invierno, mientras los niños ricos la insultaban despiadados.

Pero no fue eso lo que más dolió, fue ver a su supuesto amigo mirarle con desdén y reírse con los demás, como un FARISEO, cobarde, traidor y sucio tramposo.

Así que allí estaba, caminando sin rumbo, con GANAS de escapar de todo aquello que nada le había dado, sin miedo, porque quien nada tiene, nada teme.

De repente sintió un olor especial, algo nunca olido, era un aroma que viajaba por el aire, armoniosa, salada, pura.

Sus pies tocaron arena suave, que se deslizaba entre sus dedos.

Encontró el MAR.

Y nunca más se sintió sola, sus olas le acariciaban.

Derramado por Zarem

 

 

La despedida.

Desde pequeño la AMISTAD era para él lo único importante, lo que no fallaba nunca, ya que su familia no era precisamente ejemplar, aunque si era justo gracias a su padre encontró uno de sus escapes.

Aún recuerda la primera vez que entró en el gimnasio, en el letrero roñoso la palabra KARATE con la e casi borrada, pero era la primera vez que le dejaban realizar un sueño.

El gimnasio de FRAN CORRALES, donde iba su amigo Juan, poder estar con él todas las tardes sin tener que aguantar los golpes de su padre ni los llantos de su madre se le antojaba el paraíso.

No fue fácil, ni aún sabiendo que no tendrían que pagar nada por esa LOCURA como la llamó su madre, ella que en el barrio la llamaban LOCA, porque una vez su marido le pegó un VIAJE con el puño y algo dentro de su cabeza explotó.

Le costó llantos, bofetadas, castigos, limpiar la CACA del perro pulgoso de su padre para congraciarse con él, hasta que un día escuchó lo que esperaba.

– Mira, haz lo que te salga de la POLLA.

Y allí estaba con un kimono sacado de la basura de los barrios altos, con una mancha en la espalda con forma de AMAPOLA, aunque a él le parecía en ese momento un DECHADO de belleza varonil.

Y en ese momento, con su amigo al lado, fuera de ese ambiente sucio y agresivo donde había crecido se gestó la DESPEDIDA a la mala suerte en su vida.

Años después en su casa de ladrillos rojos llena de trofeos recordaba con una sonrisa esa primera clase, esa esperanza.

Derramado por Zarem

 

Y oscuridad.

Desde el ALFEIZAR de su cuarto podía espiar la vida que pasaba fuera de esas cuatro paredes, únicas compañeras desde el accidente, compañeras silenciosas, frías, compañeras muertas.

Se pasaba horas recordando el circo, plantado desde hace un mes detrás de la COLINA que ahora observaba, pero sabía que tarde o temprano se irían y él no podría marcharse, ni recorrer caminos, no podría visitar las aldeas y pueblos más allá de la MONTAÑA DE VERANO.

Escuchó a sus espaldas la puerta, preguntandose quien sería hoy su visitante…¿ La mujer barbuda? ¿El hombre PAJARRACO?

Lo que no esperaba era a Rebeca, la adivina.

Nunca se habían llevado excesivamente bien, le inquietaba su mirada y hasta el día de su desgracia no había creído en el poder de esa BOLA DE CRISTAL roñosa y abollada. Pero ese día algo extraño pasó, ella estuvo todo el día detrás de sus pasos rumiando conjuros, intentando hablarle, pero el Gran Josua no podía rebajarse a hablar con una humilde hechicera de pega.

Él era la estrella, el EQUILIBRISTA, al que todos respetaban, siempre rodeado de sus SECUACES, hombres para él sin talento que hacían cualquier cosa por un poco de su atención, miserables de mala vida que pululaban por el circo por una PAGUITA escasa, casi una limosna, contentos de respirar ese aire bohemio.

Aquella noche antes de la actuación estuvo con Marinela, la dulce domadora a la orilla del lago, la llevó a contemplar el NENÚFAR que había descubierto el día anterior, se besaron y cuando estaban en su dulce retiro apareció Rebeca gritando que no actuara, que esa noche su vuelo era muerte.

Un escalofrío recorrió su espalda y la insultó, por mencionar la palabra prohibida en día de espectáculo, le lanzó una PIRULETA que llevaba en el bolsillo como ofrenda a su amada y la vidente huyó sin mirar atrás.

Las luces estaban encendidas y Josua escuchaba como un eco las palabras del presentador anunciando el número del hombre INVISIBLE, desde allí arriba todo se veía pequeño e insignificante. Apretaba entre sus manos el único TESORO heredado de su padre, esos guantes que pasaban en su familia de unos a otros, siempre al hijo con más talento.

Y empezó su última actuación.

Mientras caía sintió incoherentemente libertad, el aire en su cara, una especie de felicidad aberrante.

Y oscuridad.

Derramado por Zarem

 

 

El ronroneo de un fin.

Olía a medicamentos, a SUDOR, a lágrimas, a muerte y enfermedad.

Era algo parecido a un hospital. pero para MIGUELITO que se había criado entre escombros y hambre, aquello era como un palacio, un palacio triste donde su mejor amigo agonizaba, la única persona que le quedaba, su hermano, su compañero, muriendo por una simple esplectonoseque, cogiendo el papel del pie de la cama leyó: ESPLENECTOMÍA y la palabra complicada se le trababa en la garganta enredada con sus lágrimas.

Sus pensamientos iban desplegando cada recuerdo a su lado, la pérdida conjunta de la inocencia a manos de aquellas mujeres sucias que vagaban por el pueblo como mendigas, con la excusa de enseñarles donde estaba el PERINEO, enseñándoles a PECAR, despertando toda su PICARDÍA de adolescentes. Las risas, los comentarios posteriores, las noches recordando lo fea que era, lo que olía, pero como les había hecho sentir ese placer prohibido.

De repente su mente y su corazón entraron en desesperación, la única maquina desvencijada del lado de la cama empezó a pitar estridente, nadie corría como en esos hospitales que vieron un día en una televisión del centro de la capital, siendo los dos muy pequeños, otro recuerdo incoherente que le asaltó sin motivo mientras miraba preso del pánico la maldita maquina.

Un enfermero desdentado y sucio caminaba hacía ellos con paso cansino, Miguelito sólo podía escuchar la respiración agitada y los estertores, después silencio.

-Ha muerto.

Dos palabras, sencillas y devastadoras.

A través de sus lágrimas asistió a la DESCONEXIÓN del aparato, abrazado al cuerpo de su amigo, sin querer soltarlo, sin saber donde ir, sintiendose un EMIGRADO en su propio país, donde nada le unía ya.

Quiso MATAR a todos los presentes, se imaginó matando al médico borracho que había cortado donde no debía, quiso matar al enfermero que cogía el cuerpo con desidia, quiso matar al mundo.

Pero salió por la puerta al ASFALTO, que quemaba en sus pies descalzos, vagando por las callejuelas,  escuchando en su cabeza la MÚSICA desoladora de la soledad, de la rabia y el ronroneo de un FIN.

Derramado por Zarem

 

Destinos.

Caminaba inquieto, las calles estrechas del barrio de AZOQUE parecían engullir sus pasos, con ese aire SINIESTRO que adquirían a esas horas en las que el sol empezaba a esconderse.

Apretaba el paso, nervioso, sin percatarse siquiera de que sus zapatos habían recogido un ZURULLO de algún perro vagabundo, tropezaba con la multitud de baches de las calles, evidentemente hacía lustros que allí no se celebraba ninguna SEXTAFERIA, costumbre que se iba perdiendo y que las calles empezaban a notar.

Una mujer salía de un portal, con su mirada de ZORRA acorralada, eso le hizo pensar en el tipo de vida a la que estaban abocados muchos de los residentes de ese barrio, DIÁSPORA de multitud de razas y religiones, refugio de maleantes y pobres almas perdidas.

Pero no le importaba, en esos momentos nada le importaba, ni el DESENCANTO de su vida, esa que le había hecho pensar en que estaba solo en el mundo, que su especie, la de los elegidos, aquellos que guiaban sus pasos por el corazón, aquellos que entregaban cada poro de su piel en pos del amor, estaba acabada.

Y un día la encontró.

Al principio no quería creerlo, pensó que era un espejismo.

Pero la fuerza de la MAGIA arrasó sus dudas y miedos.

Era un ángel, de su especie.

Y no podían evitarse, no querían hacerlo.

Ahora sentía sus alas desplegarse lentamente y el DESEO quemando su garganta.

Número 24, allí le esperaba, notaba el olor a destino.

Entró con paso firme y lo que allí pasó ya es otra historia…

Derramado por Zarem