Sin palabras.

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Era noche cerrada.
Nada y vacío.
Era lluvia encerrada.
Y era destino.

Suelta el bolígrafo y se masajea las sienes.
No encuentra el duende entre tantas palabras esquivas.
Demasiada realidad que no le deja escribir.
La tristeza se ha ido y con ella se llevó su alma escritora.
No hay bellos y trágicos versos que le enreden.
Sonríe.

Derramado por Zarem.

Miradas.

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Miradas que no saben de pasados, que paralizan, miradas que no huyen ni cuentan mentiras, miradas que no se esconden del dolor ni se pierden la alegria.
Esas miradas duende, que te clavan en el sitio, que te envuelven y te arrastran, que te pierden.
Miradas laberinto.
Miradas infierno.

Esas y sólo esas.

Derramado por Zarem.

Mar.

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Se quitó sus tacones ficticios para levantarse del lodo, ahí estaba, inmersa en mares tempestuosos, con la espalda encorvada por pesos imaginarios.
Sin heridas a la vista, serena y entera.
Sus recuerdos intactos, muertos pero respirando, guardados entre olas salvajes que le arrastraban a otra playa.
La piel preparada para la caricia de sus arenas, explotando en su cuerpo.
Sal y fuego.
Verso y deseo.
Mar.

Derramado por Zarem

Esperaba.

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Esperaba como quien sabe de caminos cortados, de curvas y piedras.
Esperaba esta vez sabiendo que no podía perderse, aunque no pudiera evitar el miedo a caerse, el temblor de sus heridas recordando su sangre derramada.
Esperaba en un bucle infinito, con cielos e infiernos alternándose, sin tregua.
Esperaba.

Derramado por Zarem.

En ese alma…

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En el fondo de ese alma cansada, herida, golpeada por destinos enredados, en el fondo seguía creyendo en la magia.

Y era su parte pasión la que le empujaba a sentir.

En el fondo de sus manos le quedaban caricias, caricias con deseo y ternura, caricias enganchadas y libres.

Y escuchaba a sus verbos.

Derramado por Zarem

En que fueron mar…

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Era horizonte vacío, mirando ese mar en blanco y negro, sus sueños estaban mojados y tristes.
Su mirada abarcaba imposibles, anclado a la arena, olas que van y vienen sin destino.
Las cadenas agarradas a sus miedos le impedían nadar.

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Ella bailaba entre olas, herida de sal.
Adentrándose, loca e insensata.

Esperando sus huellas, esperando sus vuelos.

Como aquella tarde, como aquellas horas.

En que fueron mar.

Derramado por Zarem.