Sin palabras.

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Era noche cerrada.
Nada y vacío.
Era lluvia encerrada.
Y era destino.

Suelta el bolígrafo y se masajea las sienes.
No encuentra el duende entre tantas palabras esquivas.
Demasiada realidad que no le deja escribir.
La tristeza se ha ido y con ella se llevó su alma escritora.
No hay bellos y trágicos versos que le enreden.
Sonríe.

Derramado por Zarem.

Miradas.

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Miradas que no saben de pasados, que paralizan, miradas que no huyen ni cuentan mentiras, miradas que no se esconden del dolor ni se pierden la alegria.
Esas miradas duende, que te clavan en el sitio, que te envuelven y te arrastran, que te pierden.
Miradas laberinto.
Miradas infierno.

Esas y sólo esas.

Derramado por Zarem.