El ayer.

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Era Ana, su olor, su risa, era ella volviendo desde la bruma de sus recuerdos.
Levanta la mirada y se da cuenta de que no es ella, no es que la chica que le pregunta si se ha tomado las pastillas no sea guapa, es que Ana era luz, es que Ana era vida, era su norte.
De repente toma conciencia de que no está, de esa tarde en la que sus lágrimas fueron la última lluvia que ella sintió, el corazón le da un vuelco, ese viejo corazón que ya casi no palpita, duele aún, duele tanto…
Suspira.
La experiencia le ha enseñado que los recuerdos amargos no ayudan a seguir viviendo, mejor recordar el amanecer con su cabeza en el pecho, sus hijos entre los dos en esa cama que fue tan suya, tan de ella.
Sin darse cuenta ha ido olvidando tantas cosas que ya raras veces consigue dibujar en su mente esos ojos que le llevaban a un cielo compartido.
Fundido en negro.
Ana lleva tiempo esperando a su amado, observa desde el otro lado como la vida se escapa.
Fin.
¿O principio?

Derramado por Zarem.

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