Ataúlfo desencadenado.

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Ataúlfo Ney tenía todas las papeletas para ser el típico músico callejero, tocaba el sitar, le faltaba una nalga, llevaba una coleta y un tatuaje en el brazo izquierdo.
Pero Ataúlfo era corredor de bolsa, llevaba una prótesis y el sitar hacía tiempo que yacía mudo en el fondo de un armario.
Su biblia era la economía y su defecto la avaricia.
6 de la mañana, afeitado bien apurado, colonia, mirada al espejo, gomina en la coleta y sale a la calle.
Café bien cargado en un bar de ejecutivos.
Alma había llegado a ese café por casualidad, nada más entrar se dio cuenta de que no era su sitio, pero sinceramente necesitaba un café y nunca en su vida le había importado encajar.
Su descripción podría ser gótica ecléctica, iba de negro y su maquillaje seguía la tendencia de esa tribu, pero de repente se ponía una flor en el pelo, unos zapatos brillantes, una bufanda rosa chillón, en definitiva, era libre.
Ataúlfo al pasar junto a la mesa de Alma arruga el ceño.
Está en su mesa habitual y en su prepotencia le parece el colmo de la desfachatez, si no temiera contagiarse le diría cuatro cosas.
Alma se siente observada, levanta sus ojos de gacela y sus labios dibujan un gesto de indiferencia.
Y aquí comienza una historia en la que uno se libera y la otra se ata.

Derramado por Zarem

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