El ayer.

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Era Ana, su olor, su risa, era ella volviendo desde la bruma de sus recuerdos.
Levanta la mirada y se da cuenta de que no es ella, no es que la chica que le pregunta si se ha tomado las pastillas no sea guapa, es que Ana era luz, es que Ana era vida, era su norte.
De repente toma conciencia de que no está, de esa tarde en la que sus lágrimas fueron la última lluvia que ella sintió, el corazón le da un vuelco, ese viejo corazón que ya casi no palpita, duele aún, duele tanto…
Suspira.
La experiencia le ha enseñado que los recuerdos amargos no ayudan a seguir viviendo, mejor recordar el amanecer con su cabeza en el pecho, sus hijos entre los dos en esa cama que fue tan suya, tan de ella.
Sin darse cuenta ha ido olvidando tantas cosas que ya raras veces consigue dibujar en su mente esos ojos que le llevaban a un cielo compartido.
Fundido en negro.
Ana lleva tiempo esperando a su amado, observa desde el otro lado como la vida se escapa.
Fin.
¿O principio?

Derramado por Zarem.

Ataúlfo desencadenado.

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Ataúlfo Ney tenía todas las papeletas para ser el típico músico callejero, tocaba el sitar, le faltaba una nalga, llevaba una coleta y un tatuaje en el brazo izquierdo.
Pero Ataúlfo era corredor de bolsa, llevaba una prótesis y el sitar hacía tiempo que yacía mudo en el fondo de un armario.
Su biblia era la economía y su defecto la avaricia.
6 de la mañana, afeitado bien apurado, colonia, mirada al espejo, gomina en la coleta y sale a la calle.
Café bien cargado en un bar de ejecutivos.
Alma había llegado a ese café por casualidad, nada más entrar se dio cuenta de que no era su sitio, pero sinceramente necesitaba un café y nunca en su vida le había importado encajar.
Su descripción podría ser gótica ecléctica, iba de negro y su maquillaje seguía la tendencia de esa tribu, pero de repente se ponía una flor en el pelo, unos zapatos brillantes, una bufanda rosa chillón, en definitiva, era libre.
Ataúlfo al pasar junto a la mesa de Alma arruga el ceño.
Está en su mesa habitual y en su prepotencia le parece el colmo de la desfachatez, si no temiera contagiarse le diría cuatro cosas.
Alma se siente observada, levanta sus ojos de gacela y sus labios dibujan un gesto de indiferencia.
Y aquí comienza una historia en la que uno se libera y la otra se ata.

Derramado por Zarem

El viajero del tiempo.

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Se despertó en mitad de la nada, ninguna pista del lugar, sólo un olor familiar, a miedo.
Oscuridad.
A lo largo de sus viajes había aprendido a no dar nada por sentado, a veces el día era oscuro, el sol frío.
Ruido de cascos, gritos de guerra, por un momento se traslada a la última vez que su reloj caprichoso le llevó a la Edad Media. Un rezo silencioso, rezo de ateo.
Sus ojos se van acostumbrando a la falta de luz, sus oídos concentrados en un sonido sutil, una especie de llanto.
Un bulto a su lado se mueve, con cuidado alarga la mano, en peores situaciones ha lidiado.
Suspira.

Marty, Marty!!
DESPIERTA!!
La carátula de “Regreso al futuro” cae rodando desde su cama haciendo un ruido seco.

Derramado por Zarem

Lucía.

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Lucía pensaba que su vida estaba llena, pensaba que nada le era negado.
Lucía era feliz.
Pasaba sus días entretejiendo besos, hermosa y salvaje, rendida al amor.
Llegaba del trabajo anticipando sonrisas, alegre y despreocupada, hoy regresaba con más tiempo que otros días, jugueteaba en su mente la sorpresa que le daría a su marido, un vino para compartir, una noche prometedora.
Lucía abre la puerta.
Escucha ruidos extraños, risas, placer.
Una lágrima resbala por su mejilla.
Retrocede.
Cierra despacio la puerta.
Y el mundo golpea su pecho.

Le conocía desde hacía unos dos años, se lo presentaron como el perfecto casado, enamorado, sin fisuras, fiel a pesar de su atractivo. Y eso fue para ella, eterna insatisfecha, un imán.
No lo planeo, simplemente lo que empezó como un reto, un juego que no creyó nunca ganar, se convirtió en algo que le tocó el alma, sin quererlo se entregó y él… Él no pudo ni quiso evitarlo.
Ella escuchó esa puerta, cerrada con rabia contenida, ella casi pudo oler las lágrimas de Lucía, pero guardó silencio.
Alba no supo que decir.

Lucía optó por marcharse, hubo ruegos, peticiones de clemencia, promesas, hubo arrepentimiento.
Pero de nada sirvió.
Pasó el tiempo y ella llevaba su herida, como quien se sabe destruida.

Y el destino, o no, hizo que esas dos mujeres se encontraran, una sabía quien era la otra, otra nunca lo sospechó.
Hasta esa tarde de abril, ya juntas, Alba conquistada, creyendo haber descubierto otra clase de amor, creyendo ser musa de esa mujer de mirada triste.
Nunca lo sospechó hasta que el puñal hundido en su pecho le arrebató el último aliento. Escuchando esa voz que ya amaba.
Muere, como yo, que ya estoy muerta.

Derramado por Zarem