Lo intentaba.

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Siempre miraba el camino buscando las huellas de su alma gemela, esa que nunca creyó encontrar y que un día apareció sin avisar.

Pudo cumplir sus sueños durante unas horas.

Con pequeñas cosas cotidianas, comer, pasear, reír, mirarse, tocarse, hablar sin palabras, desear, vivirse, respirarse, poseer el secreto de su planeta, SENTIR.

Pero los sueños no siempre son eternos y le costó aprender a vivir sin luchar por algo imposible, todavía no sabía, a veces se hacía daño a si misma, arañando minutos que ya no eran suyos, intentando alcanzar las estrellas con su luz.

A veces se equivocaba tanto que conseguía lo contrario.

Y maldecía su escasa capacidad para cumplir lo que se había prometido, anteponer su sonrisa a sus propios deseos, anteponer el sueño a las ganas de volver a ser.

Pero las lágrimas le traicionaban unas veces, otras su anhelo por unas migajas, unos resquicios de luz.

Y se equivocaba, se sentía indigna de ese destino que no era capaz siempre de guardar sin manchas ni reproches callados.

Lo intentaba.

Cada día, cada noche, en cada suspiro o pensamiento.

Lo intentaba.

Derramado por Zarem

Eran alas…

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Era alas al viento, bañadas por su luz.

Era estrella errante y camino.

No importaban los abismos, ni los sueños rotos.

Era alas.

Y a pesar de su impotencia, no renegaba de nada..

Ni de sus noches en vela, ni de los golpes contra el muro de la realidad.

Eran alas.

Y amaba.

En su planeta de cuentos de hadas.

En su destino.

Y en su alma.

Derramado por Zarem

 

En que fueron mar…

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Era horizonte vacío, mirando ese mar en blanco y negro, sus sueños estaban mojados y tristes.
Su mirada abarcaba imposibles, anclado a la arena, olas que van y vienen sin destino.
Las cadenas agarradas a sus miedos le impedían nadar.

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Ella bailaba entre olas, herida de sal.
Adentrándose, loca e insensata.

Esperando sus huellas, esperando sus vuelos.

Como aquella tarde, como aquellas horas.

En que fueron mar.

Derramado por Zarem.