La despedida.

Desde pequeño la AMISTAD era para él lo único importante, lo que no fallaba nunca, ya que su familia no era precisamente ejemplar, aunque si era justo gracias a su padre encontró uno de sus escapes.

Aún recuerda la primera vez que entró en el gimnasio, en el letrero roñoso la palabra KARATE con la e casi borrada, pero era la primera vez que le dejaban realizar un sueño.

El gimnasio de FRAN CORRALES, donde iba su amigo Juan, poder estar con él todas las tardes sin tener que aguantar los golpes de su padre ni los llantos de su madre se le antojaba el paraíso.

No fue fácil, ni aún sabiendo que no tendrían que pagar nada por esa LOCURA como la llamó su madre, ella que en el barrio la llamaban LOCA, porque una vez su marido le pegó un VIAJE con el puño y algo dentro de su cabeza explotó.

Le costó llantos, bofetadas, castigos, limpiar la CACA del perro pulgoso de su padre para congraciarse con él, hasta que un día escuchó lo que esperaba.

– Mira, haz lo que te salga de la POLLA.

Y allí estaba con un kimono sacado de la basura de los barrios altos, con una mancha en la espalda con forma de AMAPOLA, aunque a él le parecía en ese momento un DECHADO de belleza varonil.

Y en ese momento, con su amigo al lado, fuera de ese ambiente sucio y agresivo donde había crecido se gestó la DESPEDIDA a la mala suerte en su vida.

Años después en su casa de ladrillos rojos llena de trofeos recordaba con una sonrisa esa primera clase, esa esperanza.

Derramado por Zarem

 

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Y oscuridad.

Desde el ALFEIZAR de su cuarto podía espiar la vida que pasaba fuera de esas cuatro paredes, únicas compañeras desde el accidente, compañeras silenciosas, frías, compañeras muertas.

Se pasaba horas recordando el circo, plantado desde hace un mes detrás de la COLINA que ahora observaba, pero sabía que tarde o temprano se irían y él no podría marcharse, ni recorrer caminos, no podría visitar las aldeas y pueblos más allá de la MONTAÑA DE VERANO.

Escuchó a sus espaldas la puerta, preguntandose quien sería hoy su visitante…¿ La mujer barbuda? ¿El hombre PAJARRACO?

Lo que no esperaba era a Rebeca, la adivina.

Nunca se habían llevado excesivamente bien, le inquietaba su mirada y hasta el día de su desgracia no había creído en el poder de esa BOLA DE CRISTAL roñosa y abollada. Pero ese día algo extraño pasó, ella estuvo todo el día detrás de sus pasos rumiando conjuros, intentando hablarle, pero el Gran Josua no podía rebajarse a hablar con una humilde hechicera de pega.

Él era la estrella, el EQUILIBRISTA, al que todos respetaban, siempre rodeado de sus SECUACES, hombres para él sin talento que hacían cualquier cosa por un poco de su atención, miserables de mala vida que pululaban por el circo por una PAGUITA escasa, casi una limosna, contentos de respirar ese aire bohemio.

Aquella noche antes de la actuación estuvo con Marinela, la dulce domadora a la orilla del lago, la llevó a contemplar el NENÚFAR que había descubierto el día anterior, se besaron y cuando estaban en su dulce retiro apareció Rebeca gritando que no actuara, que esa noche su vuelo era muerte.

Un escalofrío recorrió su espalda y la insultó, por mencionar la palabra prohibida en día de espectáculo, le lanzó una PIRULETA que llevaba en el bolsillo como ofrenda a su amada y la vidente huyó sin mirar atrás.

Las luces estaban encendidas y Josua escuchaba como un eco las palabras del presentador anunciando el número del hombre INVISIBLE, desde allí arriba todo se veía pequeño e insignificante. Apretaba entre sus manos el único TESORO heredado de su padre, esos guantes que pasaban en su familia de unos a otros, siempre al hijo con más talento.

Y empezó su última actuación.

Mientras caía sintió incoherentemente libertad, el aire en su cara, una especie de felicidad aberrante.

Y oscuridad.

Derramado por Zarem

 

 

El ronroneo de un fin.

Olía a medicamentos, a SUDOR, a lágrimas, a muerte y enfermedad.

Era algo parecido a un hospital. pero para MIGUELITO que se había criado entre escombros y hambre, aquello era como un palacio, un palacio triste donde su mejor amigo agonizaba, la única persona que le quedaba, su hermano, su compañero, muriendo por una simple esplectonoseque, cogiendo el papel del pie de la cama leyó: ESPLENECTOMÍA y la palabra complicada se le trababa en la garganta enredada con sus lágrimas.

Sus pensamientos iban desplegando cada recuerdo a su lado, la pérdida conjunta de la inocencia a manos de aquellas mujeres sucias que vagaban por el pueblo como mendigas, con la excusa de enseñarles donde estaba el PERINEO, enseñándoles a PECAR, despertando toda su PICARDÍA de adolescentes. Las risas, los comentarios posteriores, las noches recordando lo fea que era, lo que olía, pero como les había hecho sentir ese placer prohibido.

De repente su mente y su corazón entraron en desesperación, la única maquina desvencijada del lado de la cama empezó a pitar estridente, nadie corría como en esos hospitales que vieron un día en una televisión del centro de la capital, siendo los dos muy pequeños, otro recuerdo incoherente que le asaltó sin motivo mientras miraba preso del pánico la maldita maquina.

Un enfermero desdentado y sucio caminaba hacía ellos con paso cansino, Miguelito sólo podía escuchar la respiración agitada y los estertores, después silencio.

-Ha muerto.

Dos palabras, sencillas y devastadoras.

A través de sus lágrimas asistió a la DESCONEXIÓN del aparato, abrazado al cuerpo de su amigo, sin querer soltarlo, sin saber donde ir, sintiendose un EMIGRADO en su propio país, donde nada le unía ya.

Quiso MATAR a todos los presentes, se imaginó matando al médico borracho que había cortado donde no debía, quiso matar al enfermero que cogía el cuerpo con desidia, quiso matar al mundo.

Pero salió por la puerta al ASFALTO, que quemaba en sus pies descalzos, vagando por las callejuelas,  escuchando en su cabeza la MÚSICA desoladora de la soledad, de la rabia y el ronroneo de un FIN.

Derramado por Zarem

 

Buscaba su sonrisa.

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Buscaba su sonrisa y en el camino tropezó con sus inseguridades, sus soledades y sus heridas.

No quería atar sus alas y maldecía su ansía, su torpeza, maldecía sus ganas de sentir aquello que le hacía volar.

Y en la noche las lágrimas traidoras pugnaban por enredar sus sueños.

Buscaba su sonrisa y encontró su tristeza.

Derramado por Zarem.