Blog cerrado.

No sé si volveré o me perderé entre versos manchados y vacíos.

Hasta siempre.

 

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Y tu olvido me envuelva…

¿Qué locura me llevó a imaginar que en mis manos estaba retenerte?
Te alejas de este rostro surcado de historias tristes.
No echarás de menos mi piel cosida a puñaladas, cuando tengas un cuerpo inmaculado y sin heridas.
No recordaras mi boca impía.
Pero tal vez un día, cuando estés perdiéndote en la mirada de aquella a quien entregues tu cuerpo, a quien sirva de almohada tu pecho, recuerdes otra mirada, verde y profunda, que te entregaba todo.
Tal vez sonrías.
Y te preguntes si fue un error echarme de tu vida.
Tal vez no sientas nada, más que un ligero pellizco en el corazón.
O ni siquiera recuerdes esas manos que se entretenían con ternura en tus huecos.
Y tu olvido me envuelva.

Derramado por Zarem

 

Un tacón.

Se le rompe un tacón y esa tontería hace que su rostro se riegue de lágrimas.

Se sienta en la esquina de la cama, deseando llamarle, decirle que necesita su voz para restablecer el equilibrio, para perder el miedo, que necesita sentir que le ama, que nunca más sentirá el abismo de su falta.

Los recuerdos se pasean por su espalda y sonríe entre agua salada y esperanza.

Recuerda sus manos, sus ojos fijos reflejados en su mirada.

Y se dice que no tiene motivos para la tristeza, aunque el miedo le asalte, aunque el abismo se sienta cerca a veces.

Solo desea sus brazos, su voz y su amor, ese que le da a borbotones, aunque a veces el camino se llene de piedras, aunque a veces tenga miedo de perderle, aunque a veces sienta que no es suficiente para él, aunque no sepa amarle y le llene de inquietud darle esa libertad que sabe que debe y quiere darle.

Y se rompe el otro tacón sonriendo.

Derramado por Zarem

Versos

La mano suspendida sobre el teclado, con mil historias que no quieren salir de su mente, revoloteando cansadas, ya agonizando tal vez.

Y ella en silencio, muda y callada, sin versos ni cuentos, como un ave condenada a los escasos metros cuadrados de su cárcel, deseando volar, teniendo alas, pero impotente y en el suelo.

Tal vez su sueño de escribir ya ha caducado, por no cumplirlo cuando las musas caminaban por los cuartos de su vida, tal vez se acabó su tiempo y sus versos han muerto, tal vez…

Se creía capaz y puede que todos sus sueños de letras fueran un fraude, una mentira piadosa que se contaba para no caer, para no sentirse inútil, para seguir viviendo de una ilusión.

Pero no acuden, las palabras resbalan por sus dedos y caen a sus pies inertes, silenciosas y vacías.

Derramado por Zarem

Su dolor.

Abre los ojos.

No sabe que hora es, intenta calcularla por la luz que entra débil a través de las persianas desvencijadas de la habitación, pero le duelen los ojos, cansados de ver miseria entre los habitantes de su ciudad, cansados de mirar lágrimas de impotencia.

Abre el armario y coge uno de sus dos vaqueros gastados y una camiseta de Iron Maiden descolorida de lavados con jabón de manos y de secados al sol, manchada de la sangre de Irene, que nunca se limpia, por mucho que frote, aunque no importa, su sangre está en sus pensamientos cada día y en cada pesadilla, al pensar en ella no puede evitar un sollozo estrangulado, pero no puede permitirse la autocompasión, no ahora que le esperan niños que aún están vivos y que necesitan sus manos para calmarles el dolor, su sonrisa para no crearles tristeza.

Baja las escaleras despacio, dejándose llevar por el cansancio, sabe que no podrá hacerlo en todo el día, no puede ni quiere permitirselo, pero también sabe que cada risa, cada juego, cada enfermedad curada le dará paz, esa paz que no tiene desde que su tesoro, su única hija muriera entre sus brazos.

No siempre ha vivido así, antes tenía una consulta privada, en la parte más elegante de la ciudad, cerrando los ojos a la miseria que existía en otros rincones cercanos, pero ahora piensa que cobrar por sanar es una especie de mancha en su vida, desde que ella murió y su mundo cayó en picado, desde que sintió en sus entrañas el dolor puro, sin paliativos de la muerte de un ser indefenso que dependía de ella, que ella debería haber defendido de todo.

Que fuera una enfermedad imposible de vencer no le consuela, no le borra la mala conciencia de tantos años cobrando a padres desesperados por evitar la muerte, el dolor de sus hijos.

Fue a la mañana siguiente, con su cuerpo aún tibio, cuando se marcho de esa habitación lujosa, que le daba asco, se fue sin nada, con unos pocos billetes, justos para alquilar esa desmoronada habitación, sin ropa, sin maquillaje, sin zapatos de tacón, solo su maletín de doctora, sus lágrimas y su dolor.

Derramado por Zarem

La resaca.

Se envuelve entre las sábanas, con su olor pegado a la espalda, aspirando fuerte el perfume embriagador de su piel, la cabeza y el corazón ya lejos.

Siente resaca de amor, como si su cuerpo doliera de ausencia, resaca de besos, de miradas y paseos, resaca de su cuerpo y de sus manos, una resaca devastadora, que roe sus venas nostalgia.

Abre su mente a los sueños vislumbrados en dos días de sobredosis de sentimientos, su alma repleta de recuerdos, sus alas desplegadas y listas para volar, cuando la resaca remita y sus pasos le lleven de nuevo a las horas doradas, esas que después le dejan envuelta en su resaca.

Derramado por Zarem