Espera.

Mira el reloj y sus pies repiquetean en el asfalto, siente la madera del banco clavandose en la espalda con crueldad, piensa en levantarse y marcharse, pero decide concederle unos minutos más.
Se entretiene contando las cáscaras de pipa desparramadas y vacías.
Dos, tres, veinte, treinta minutos.
Se da por vencida, hoy tampoco vendrá…
Le cuesta enderezarse, se siente entumecida, fría e inhóspita por dentro.
Arrastra los pies al caminar.
Aminora el paso como retardando la evidencia de que ya es tarde y nunca aparece más allá de esa hora.
No está en el parque, no se ha sentado en ningún banco ni ha contado pipas..
Pero cada noche se siente así cuando el reloj le desvela que ese día tampoco oirá su voz, ni leerá sus letras.
No arrastra los pies, arrastra la añoranza.
Sentada frente a un monitor o mirando la pantalla de un móvil.
Un día más sin él.
Un día menos también.

Derramado por Zarem

Respirar y vivir.

Siento un cosquilleo en las manos, parece imposible, estoy muerta, yo misma vi como me lanzaban al oceano, con una piedra amarrada a mis pies, era el final de la celebración, tenía el sabor del rioja todavía pegado a mi paladar y el vestido de fiesta rasgado por una mano brusca que me zarandeo mientras el miedo me subía por la garganta.
Pero la sensación de vida no me ha abandonado, siento cada parte de mi cuerpo, la húmedad es real, el frío hace castañear mis dientes dandome un sonoro recibimiento al mundo de los sentidos.
Me da miedo abrir los ojos, tal vez este allí donde dicen que van las almas atormentadas al morir, pero el infierno debería arder, en los libros de mi niñez era un sitio con llamas, lamentos y alaridos y solo oigo el silencio y solo siento frío, mucho frío.
Dicen que al morir ves pasar tu vida por delante de ti, yo no la vi, solo podía pensar en las ilusiones perdidas, el desengaño que implantaron en el corazón desde niña, rompiendo cada deseo a golpes, solo pude pensar en que cuando ya no tuve miedo, me asestaron con alevosia una última herida mortal.
Mientras mis pulmones se llenaban de agua salada, solo pude pensar en las cosas que deje de hacer, en los sentimientos que ahogue por miedo, en las noches sin dormir y los días sin vivir.
Un pitido familiar interrumpe mi sueño.
Estoy viva y mientras recuerdo la terrible pesadilla me prometo a mi misma huir de la cobardía y recordar la diferencia entre respirar y vivir.

Derramado por Zarem

No soy…

No soy equilibrio, ni calma.

Tal vez no sea perfecta, me enfado, me revuelvo ante la distancia, la ignorancia y la indiferencia.

LLoro y rio.

A veces te quiero y otras te odio, a veces solo te deseo.

No me pidas ser flor que adorne tu vida, tengo sangre en las venas y sufro cuando te añoro y lucho por el olvido, me muero por tus recuerdos y dudo de tus sueños.

Y si me equivoco que sea porque mis manos no son hielo ni mi cuerpo es invierno.

Derramado por Zarem

Sus alas.

No buscaba el elogio fácil, aquella mañana gris en la que emprendió el camino de la fama, en su petate llevaba su guitarra, la letra de una canción,la mirada cansada de mirar en el túnel del metro y los oídos repletos de gruñidos de gente sin alma que le miraba por encima del hombro.
Ya no creía en el unicornio de su primer cuento de infancia, aunque en el fondo de su corazón de artista reposaban sueños que él mismo no se atrevía a decir en voz alta, era más sencillo escribir canciones que expresaban cólera, morbo y marginación, era menos doloroso olvidarse de su alma de niño.
Vistió su sonrisa de dureza, convirtió sus castillos de naipes en muralla en ruinas y envolvió su cuerpo de escudos,su piel sumisa dejó de sentir al tiempo que cantaba con voz vieja de 30 años “soy el puto amo”
La luz central del escenario semejaba una luciérnaga en la noche, envuelto en humo se sintió poderoso, inalcanzable, su voz sonó áspera y potente, entre sus labios palabras gastadas, esas que el público buscaba.
Levanto la vista hacía miles de brazos y luces de mechero y de pronto deseo estar en la calle, con su guitarra de cuerdas deshilachadas, entonando melodías nuevas, esas que guardaban sus manos vendidas a la gloria.
Sus corazas fueron cayendo y quedo desnudo y triste en mitad de la nada, a lo lejos se oían abucheos y objetos cayendo, el sonido de sus alas desplegandose era el único que escuchaba…

Derramado por Zarem

Palabras.

Inició el viaje con una mochila llena de palabras, para seguir su destino necesitaba cada una de ellas, las más hermosas, las más feas, las extrañas y las palabras olvidadas.
Saco “hierba” del bolsillo derecho y contempló con curiosidad como crecía a su paso, la sintió fresca y cosquilleante bajo sus píes, estaba anonadada, aunque debería saber ya que en el mundo de los poemas todo era posible, aprendió desde niña que una palabra podía cambiar su realidad.
Sentía un mórbido deseo por viajar a través de la cornisa del verso, aunque temía el momento en el que no le quedaran ya nombres ni adjetivos, ese momento en el que las inútiles palabras que solo significan algo si van acompañadas fueran su único tesoro.
Pensó en la soberbia que la había arrastrado tantas veces a creerse invencible colocando letras, una detrás de otra para escapar de sus miedos, las veces que “alas” había acompañado a “rotas”, pensó en las veces que “dolor” se empeñaba en tatuarse en su alma sin posibilidad de escapar.
Olvidó muchas veces que no era diosa, que ellas a veces tienen más fuerza y determinación que su mano al clavar el lápiz en el papel, era difícil comprender porque aún así seguía intentando cambiar las cosas con su voluntad.
Inició el viaje con una mochila repleta de palabras y tenía miedo a los articulos, a los pronombres, a esas palabras que si están solas… no son nada.

Derramado por Zarem

Mi verdad.

Soy volcán y no suave colina.
Soy huracán y no brisa.
Soy maremoto.
Y no me aquieto, ni me enfrio.
No sé de calmas, de serenidades ni de tibiezas.
Soy caliente.
Y explosiva.
Solo me calma la ternura, el beso, la dulzura, la caricia, el sueño.
Y si me falta no me sereno.
Ni tengo paciencia.
Ni me gusta sentarme a esperar.
Ni estarme quieta.
Me quieres?… calma mi sed, mi locura, mi fuego.
Mátame de amor, muerete conmigo.
Quiéreme hasta ese lugar donde sólo llegan los sentidos.
Esa es mi verdad.
La que me guia, la que me lleva y me arrastra.
La verdad que me quema.

Derramado por Zarem

Coartada…

Un olor mezcla de tabaco y sudor impregna las paredes del destartalado despacho, parece sacado de una escena de cine serie B, Samuel desayuna fracaso diluido en café, como cada mañana, desde aquel maldito día en que decidió abrir INVESTIGACIONES CUTRES, que es así como llama él a su proyecto maravilloso, que se va convirtiendo en pesadilla.
Siempre había sentido atracción por el bajo mundo, los asesinatos de segunda clase, esos que se archivaban porque el muerto era un ser a quien nadie echaba de menos, putas, rateros y vagabundos, cobraba miserias a madres desesperadas, novias rotas de dolor porque su hombre se despertaba al lado de otra mujer, sus pesquisas se le antojaban cada día más insignificantes.
Dos golpes secos en la puerta le hacen levantar la cabeza,.
– Adelante
Y sale el sol entre esas cuatro paredes, unas piernas hipotenusa caminan hacía él, recorre lentamente la figura sorprendente de una mujer, hasta el cuello infinito, los labios carnosos que esbozan una sonrisa sensual, hasta el cabello ondulado y largo.
– ¿Detective Benedetti?
– El mismo que viste y calza, signorinna.
– Quiero matar al mio marito, quiero que parezca un accidente.
Samuel no puede evitar que la sorpresa asome a su rostro sin afeitar, busca pistas en el tono de voz, en su famosa empatía, busca pistas y sólo ve una hembra que distorsiona sus sentidos.
– Yo no soy un asesino.
– No necesito un asesino, necesito una coartada.
– ¿Porque yo?
Los labios carnosos acercan una larga boquilla a otros labios duros que olvidan el peligro de pasar al otro lado de la ley.

Derramado por Zarem